Opinión

Juan Carlos I: golpe a golpe y pelotazo a pelotazo, hasta la derrota final

Rebeca QuintánsAutora de Un rey golpe a golpe (Ed. Ardi Beltza) y Juan Carlos I, la biografía sin silencios (Ed. Akal)

11 de diciembre de 2020

Hace más de 25 años que empecé a investigar la figura de Juan Carlos y sólo ahora, como de repente, las informaciones sobre sus corruptelas comienzan a causar escándalo y a difundirse en todo tipo de publicaciones, y en algunos casos empiezan a llegar a los juzgados.

Algunos dicen que la parte negativa de Juan Carlos I empezó con el episodio de Botsuana, con Corinna y las grabaciones de Villarejo… Yo no puedo sino celebrar que por fin se asuma que esa «parte negativa» existe, está ahí y es muy grave. Pero no es verdad que todo empezara con aquella famosa cacería de elefantes, ni mucho menos.

Juan Carlos nunca hubiera llegado al trono si no fuera apoyándose en los miles y miles de muertos y represaliados de la Guerra Civil. Su historia empieza con el alzamiento fascista de 1936 contra la República, orquestado inicialmente para restaurar la monarquía. Los Borbones no eran ajenos a ello, y buena prueba es que Alfonso XIII, desde el exilio, colaborara con un millón de pesetas de la época; y que su heredero, Juan, corriera a unirse como voluntario de los nacionales, vestido con la boina roja del uniforme que usaban en la zona de la frontera de Dancharinea (otra cosa es que decidieran no le dejarle participar para proteger su vida).

Una vez ganada la guerra, abandonados decenas de miles de muertos en las cunetas, se instauró la represión de un régimen dictatorial que continuó asesinando a sus opositores durante décadas, hasta sus últimos estertores. Y durante todo ese tiempo, Franco mimó a los Borbones, y en especial a ‘Juanito’, preparándolo para que fuera él quien tomara el relevo tras su muerte.

Ya en 1939 les devolvió oficialmente las propiedades incautadas por la República, entre las que había varios palacios y hasta una isla en la ría de Arousa; propiedades adquiridas con la misma legitimidad con la que los Franco adquirieron el pazo de Meirás, aunque los Borbones sí consiguieron quedarse con todo, porque don Juan, durante la Transición, se apresuró a venderlas, y a su muerte legó a sus herederos cuentas millonarias en Suiza.

Además, desde 1947, el régimen fascista comenzó a pasarles una renta anual, que se le entregaba a Victoria Eugenia como reina viuda (con la cifra inicial aquel año de 250.000 pesetas, unos 1.500 euros). Y cuando don Juan se instaló con sus hijos en Estoril, amparó la creación de una «lista civil» de dadivosos de alta alcurnia —como la marquesa de Pelayo, acostumbrada a meterse en gastos importantes como financiar la CEDA, o el banquero Juan March—, que les prestaban bienes y personal para que vivieran a cuerpo de rey mientras llegaba su momento.

Así se crió ‘Juanito’, disfrutando de un perenne ocio vacacional. Desde muy niño comenzó a desarrollar un peculiar talento para los negocios, con los que consolidar y aumentar su fortuna.

Tenía cinco o seis años cuando, en Lausana, cogió una pluma de oro y la malvendió por cinco francos al portero del hotel Royal, donde vivían entonces, para invertirlos en chuches. Cualquiera pensaría que había hecho un mal negocio, pero no si la pluma se la había regalado un monárquico, así que a él le había salido gratis. Lo de vender cosas que nunca había pagado fue ya una constante en su vida. A finales de 2008 le vendió al jefe de la patronal madrileña, Arturo Fernández, el Maserati Quattroporte que le había regalado un jeque árabe de una de las monarquías del Golfo Pérsico, valorado en más de 150.000 euros, por menos de 100.000.

‘Juanito’ fue a España en 1948 para ser educado a los pechos del dictador, convirtiéndose justo entonces en «Juan Carlos» para diferenciarlo de su padre, don Juan, por lo que hasta su nombre se lo debe a Franco.

Desde 1962, es decir, desde su boda con Sofía, tuvo su ‘lista civil’ propia, administrada por el banquero Luis Valls Taberner, que aportaría liquidez económica a los recién casados. También sirvió para empezar a hacer los contactos adecuados, y aprender a manejarse en la intrincada red de clientelismo político y corrupción económica del franquismo.

Caminó de la mano de Emilio Botín (dueño del Banco Santander y abuelo de la actual presidenta, Patricia Botín), que no sólo le regaló un millón de pesetas para su viaje de novios, sino que le enseñó a hacerse con una cartera de valores y a operar y a colocar a buen recaudo sus capitales (el Santander tiene 207 filiales en paraísos fiscales, según Oxfam Intermon).

Las comisiones reales

Ruiz Mateos contó en diversas ocasiones, y a más de uno, cómo se hacían las cosas en aquella época: él le llevaba grandes cantidades de dinero en una maleta de Loewe a palacio; la ponía sobre la mesa y Juan Carlos la tiraba debajo con un certero movimiento, cayendo siempre exactamente en el mismo rincón. «¡Cuánto ha tenido que practicar!», decía Ruiz Mateos. Más recientemente, por lo que nos desveló Corinna, en Zarzuela se modernizaron y compraron un aparato para contar los billetes.

Durante el franquismo Juan Carlos aprendió cómo funcionaba lo de las comisiones e hizo sus primeros pinitos. En 1973, a raíz de la primera crisis del petróleo, por la decisión de la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo (la OPEP) de no exportar más petróleo a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra del Yom Kippur, tuvo ocasión de servir de intermediario y conseguir un trato de favor para la España franquista, a cambio de una comisión por cada barril de crudo que se importaba que, hasta donde sabemos, ha seguido cobrando indefinidamente, imponiendo un sobrecoste a lo que se importa.

En esta misma época comenzó a «mediar» también en la venta de armas, junto a su fiel colaborador Manuel Prado, que estaba al frente de la sociedad Alkantara Iberian Export, una sociedad mixta impulsada por los gobiernos de España y Arabia Saudí. Más tarde, siendo ya rey y con el beneplácito del Gobierno de Felipe González, las «mediaciones» continuarían, favoreciendo a una de las empresas que hizo mejores negocios en esta etapa: Simulación, Mando y Control S.A., en la que compartían capital Mario Conde y Borja Prado Eulate (hijo de Manuel Prado). En las últimas décadas, en la «mediación» para el tráfico de armamento con países que tenían restricciones por no respetar los derechos humanos, estuvo involucrada Corinna.

Marc Brocal

Juan Carlos se acostumbró a la impunidad total mucho antes de que fuera institucionalizada con letras de oro en la Constituición de 1978. El caso más trascendente fue la muerte de su hermano en Estoril, por un disparo que salió de su pistola, en un suceso nunca investigado policial ni judicialmente y que la prensa del régimen se encargó de acallar; pero no fue el único.

En una excursión al castillo de la Mota con su tutor, Mondéjar, Juan Carlos atropelló a un ciclista, pero eludió dar parte a la Guardia Civil y lo resolvieron con unos cuantos billetes, «para que arreglase una rueda y se comprase un pantalón nuevo». Lo contó el propio Jaime Peñafiel en las páginas de El Mundo. Como aún no tenía el carné de conducir, a los pocos días le entregaron uno como regalo de cumpleaños.

También solucionaron con dinero el escabroso asunto de Olghina de Robiland y la hija ilegítima que tuvo de Juan Carlos, digamos que en dos tacadas: La primera en 1960, poco antes de su boda con Sofía. Y la segunda en 1986, cuando la examante quiso vender una serie cartas del monarca, así como la copia del cheque que le había dado como despedida de la relación. Las compró el periodista Jaime Peñafiel con fajos de billetes de 5.000 pesetas para que no quedara constancia, que previamente le había entregado Manolo Prado, y cerrándose el trato en el apartamento del Centro Colón del mismísimo secretario general de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, que se las llevó a Zarzuela para entregárselas a Juan Carlos. No sabemos si el dinero provenía de los fondos reservados del Estado, como cuando pagaron un chantaje similar a Bárbara Rey, esta vez con vídeos, unos años más tarde. Todo esto lo desvelé en la obra Juan Carlos I, la biografía sin silencios y hasta hoy nadie se ha atrevido a desmentirlo.

A Juan Carlos lo educó el franquismo y después Franco le nombró sucesor a título de rey en 1969; y siguió instruyéndolo para dar continuidad al sistema político que la dictadura había ido consolidando durante décadas.

La trama política para diseñar la reinstauración de la corona y el régimen del 78 fue orquestada desde el propio palacio del Pardo, en la llamada operación Lolita. En el diseño se lo impusieron, sobre todo, los hombres del Opus Dei, con Carrero Blanco a la cabeza, y otros ilustres hombres del régimen, como Torcuato Fernández Miranda, o el joven falangista Adolfo Suárez, incorporado en el último momento.

El sobrino del dictador Nicolás Franco fue otro de los colaboradores más estrechos de Juan Carlos para negociar con los representantes políticos que iban a encabezar los partidos promocionados durante la Transición, como Felipe González, o para neutralizar a las fuerzas de izquierda, como el PCE; o para negociar con lo más corruptible del nacionalismo catalán la renuncia a luchar por el derecho de autodeterminación y la independencia (caso de Jordi Pujol, que supo sacarle un gran provecho personal).

Con aquellos políticos con los que Juan Carlos se llevó tan bien durante la Transición ya había empezado pues a tratar bastante antes de la muerte de Franco. Y en absoluto de forma clandestina, salvo en lo que respecta a ocultarlo de la opinión pública y de su propia militancia. Todo orquestado desde arriba para que la Transición no fuera más que un cambio de carril y no un cambio de sentido.

Y en la Transición, su cabeza coronada —la del heredero de Franco— fue el símbolo vivo de que aunque cambiaran muchos detalles, todo iba a seguir igual. De que los prohombres del régimen no tenían de qué preocuparse. El franquismo iba a quedar impune, la memoria histórica sería borrada, los emblemas fascistas se iban a quedar donde estaban y los muertos en las cunetas; no se iban a juzgar los crímenes del franquismo, los jueces iban a seguir siendo los mismos, y los policías, y la Guardia Civil…

No se iba a expropiar nada a nadie, ni pedir cuentas, ni corregir un sistema económico que ya venía funcionando basándose en redes de clientelismo político y corrupción…

Aparte de «símbolo» de la continuidad del franquismo, la monarquía se convirtió durante la Transición en la encarnación misma de los poderes continuistas. No es sólo que ofreciera cierta seguridad con su mera presencia: es que cuando tenía que intervenir políticamente, el rey lo hacía.

Fue en favor del régimen la organización del 23F, un amago de golpe de Estado para asustar y controlar la evolución política del país, que más que «consolidar la democracia» lo que consiguió fue tender un manto de miedo paralizante. Después de aquella puesta en escena de Tejero en el Parlamento, la gente tenía miedo a que volvieran los militares, la guerra civil, las detenciones, las cunetas… y el pueblo bajó sus expectativas políticas; después del 23F se decía: «Vamos a no ser demasiado radicales, que vienen los militares… Esta vez nos salvó el rey, pero la próxima…».

Más tarde, amparó las iniciativas del Gobierno de Felipe González para poner en funcionamiento el GAL y asesinar impunemente. Tal y como publicó el coronel Amadeo Martínez Inglés en su libro Juan Carlos I. El último Borbón.

Estas intervenciones políticas siguen teniendo lugar, ahora con Felipe VI: si las fuerzas del poder real en España reclaman su intervención, por ejemplo, en el conflicto soberanista catalán, Felipe está ahí, primer servidor a esas fuerzas; ya sea haciendo un discurso o llamadas a empresas catalanas para que cambien su domiciliación fiscal. El presidente del comité de empresa de Seat, Matías Carnero, reconoció que en otoño de 2017 hubo «presiones» «monárquicas o políticas» para que la empresa saliera de Catalunya.

El rey interviene porque puede. Porque no es un rey absoluto, pero tiene un poder muy real: firma las leyes (por mucho que sea el Parlamento el que las apruebe); o se reúne con los representantes democráticamente elegidos, en ronda de consultas, para proponer él un presidente (que luego tendrá que ser ratificado en las Cortes). Y es él el jefe supremo de las Fuerzas Armadas, también por mandato constitucional.

Y tiene también el poder de decidir qué empresas van a salir beneficiadas de sus mediaciones, esto no por mandato constitucional, sino porque se ha establecido por tradición a lo largo de las últimas décadas: es el rey el que decide qué empresarios le acompañan en sus viajes al exterior y a veces ni se facilita el listado a la prensa.

El apoyo de la banca

Lo peor de la monarquía no fueron los temas económicos, aunque parece que todo el interés mediático y político se está poniendo en eso. Pero hay que destacar lo mucho que colaboró también con los grandes banqueros y empresarios para que pudieran seguir enriqueciéndose con las obras públicas adjudicadas a dedo, las tramas financieras de especulación y blanqueo, el lucro abusivo en servicios básicos como el agua, la luz, la vivienda… Siempre intensificando las desigualdades sociales. Y no sólo colaboró mediando en operaciones económicas sin la más mínima ética, a favor de un grupo minoritario de poderosos; sino que, como todos sabemos ya, se lucró de paso él mismo.

Lo sorprendente es que el escándalo no haya estallado mucho antes porque la prensa no cejó nunca, y buena prueba de ello es la lista de querellados (como Alfredo Grimaldos), encarcelados, silenciados, y de publicaciones clausuradas, secuestradas o multadas por ejercer su derecho a la libertad de expresión. Y aunque no se consiguieran grandes cosas a corto plazo, la prensa fue sembrando…

En la actual crisis de la monarquía confluyen factores que no son de poca importancia, como que haya perdido apoyos en los círculos de poder, sobre todo económicos. Sus abusos buscando su propio beneficio, yendo por libre en exceso, apoyando muchas veces intereses de otros países por encima de los intereses de los poderes económicos patrios, le acabaron creando problemas. Gente muy poderosa se ha visto perjudicada en los últimos tiempos con sus actuaciones y eso le ha empujado al abismo de su caída. El poder económico ya no apoya la monarquía como antes. Sin duda, ya no apoya a Juan Carlos.

Sólo la clase política le protege todavía, y desde el considerado «el Gobierno más progresista de la historia» se negocia con la Casa Real una salida honrosa para el emérito, subvencionada con fondos públicos, y se mantienen como secreto de Estado demás detalles y circunstancias. A la par, por supuesto, se distancia y protege a Felipe VI de todo, como si la cosa no fuera con él ni con su heredera.

Sólo gracias a los partidos en el poder la monarquía no ha caído todavía. Porque por mucho que no la hayan traído los republicanos, sino que se la han buscado ellos solitos, la crisis de la institución es algo muy real y se disputa en los medios de comunicación, las redes sociales, los juzgados… Esperemos que pronto los políticos asuman la responsabilidad histórica de afrontar la cuestión y el debate sobre el modelo de Estado que queremos llegue también al Parlamento.