Bibiana Aído.- ONU MUJERES ECUADOR

Bibiana Aído: «El desafío por la igualdad de género merece también un desafío con el lenguaje»

Andrea Momoitio

26 de octubre de 2020

Bibiana Aído Almagro (Alcalá de los Gazules, 1977) fue la primera Ministra de Igualdad del Gobierno de España durante dos años. Tras su mandato, sólo Irene Montero ha vuelto a ocupar un asiento en el Consejo de Ministros con la misma cartera. En 2010, el Ministerio que dirigía se convirtió en una Secretaría de Estado de Igualdad, que condujo también hasta que dejó el cargo para incorporarse a ONU Mujeres. Desde entonces forma parte de este organismo de Naciones Unidas en el que ha ocupado distintos puestos. Ahora es la representante de la entidad en Ecuador.

¿En qué consiste su trabajo?

Damos asistencia técnica al Gobierno y a la Asamblea Nacional, cuando se requiere, para promover normas y legislaciones de acuerdo a los estándares internacionales de Derechos Humanos y de derechos de las mujeres. En Ecuador se han aprobado leyes muy importantes como la Ley Orgánica Integral para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. Es innovadora porque incorpora los distintos tipos de violencia de género, no sólo la violencia física. Recoge también la violencia psicológica, patrimonial, obstétrica y la violencia política. Se ha aprobado también el Código de la Democracia, que incorpora la paridad [entre hombres y mujeres] a todos los niveles. Abordamos también la situación de mujeres migrantes y refugiadas en la frontera de Ecuador con Colombia. Ecuador es el tercer país recibiendo flujos migratorios de Venezuela y la situación en la frontera es complicada: mucha violencia, tráfico con fines de explotación sexual, debilidad institucional y mucha vulnerabilidad.

¿Cuál es la situación de las mujeres víctimas de violencia en Ecuador?

Un 65% de las mujeres han sufrido alguna forma de violencia de género a lo largo de su vida y hay un nivel de tolerancia alto en la sociedad. El 40% de las mujeres lo considera normal. Por eso ponemos el foco en programas de prevención.

Pero todavía hay quien niega la violencia contra las mujeres. Al menos, en España.

La violencia contra las mujeres es una pandemia, así lo declara el Secretario General de Naciones Unidas. Una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia por el hecho de serlo. En América Latina, la violencia de género mata a más mujeres que el cáncer o la malaria. Ningún país del mundo ha acabado con la violencia de género y en ninguno estamos avanzando ni con la velocidad ni con la profundidad que se requeriría. En muchos países hay grupos negacionistas y movimientos antiderechos fuertes, pero no podemos obviar que también contamos con un movimiento feminista más activo e inspirador que nunca. Me llena de esperanza ver que el movimiento feminista en España está revitalizado, dinamizado, ver cómo aglutina a jóvenes, mayores, a mujeres y, cada vez, a más hombres; ver cómo inspira la acción de tanta gente. El feminismo exige un cambio sistémico ante las múltiples crisis. Están desafiando directamente las asimetrías de poder. La gente está cansada de la desigualdad y de la violencia. Obviamente es como un péndulo: a medida que se avanza, las resistencias se hacen más fuertes.

¿Qué relación tienen con el movimiento feminista de Ecuador?

Mucha. Tenemos un Consejo Asesor de la sociedad civil para ONU Mujeres con representación de mujeres de distintas zonas geográficas del país, que trata de representar la diversidad de mujeres: indígenas, afro, mujeres lesbianas. Las mujeres indígenas sufren niveles de violencia más altos que otras mujeres del país. Si un 65% sufre violencia a nivel nacional, cuando hablamos de mujeres indígenas, la cifra asciende a un 70%. Se dan también más casos de embarazos adolescentes y más sobrecarga de trabajo de cuidados no remunerados.

Esto se habrá visto agravado por la crisis de la covid-19.

Totalmente. Los impactos de esta crisis son muy distintos en hombres y en mujeres. No solo en lo relativo a la sobrecarga de cuidados no remunerados, porque ahí ya había una importante brecha antes. En Ecuador, antes de la crisis, las mujeres ya dedicaban tres veces más tiempo a los cuidados que los hombres. Las mujeres afro, cuatro veces más. Pero, ahora, con la saturación de los sistemas sanitarios, el cierre de las escuelas, la necesidad de cuidar a los familiares enfermos y mayores, el impacto es mayor. No es el único: las mujeres son mayoría en la primera línea de respuesta. En Ecuador, son un 60% de los y las trabajadoras de la salud y el 81% del personal de enfermería. Están sobrerrepresentadas en los sectores más afectados por la pandemia: el turismo, el comercio, la manufactura, las trabajadoras remuneradas del hogar. Por eso hay que tener en cuenta a las mujeres en los paquetes de rescate y estímulo de la economía y en las distintas medidas de protección social. Es un buen momento para reflexionar sobre la economía del cuidado para que pase a ser considerada como un elemento clave del desarrollo. Es una realidad que se está visibilizando en todos los países del mundo: la sobrecarga de cuidados recae sobre las mujeres principalmente. Creo que es el momento de establecer un nuevo contrato social con la implicación de todos los actores: el Estado, el mercado, las comunidades, la familia… Para lograr el reconocimiento, visibilización y distribución del trabajo de cuidados-

¿Qué medidas se proponen para esa redistribución de los cuidados

En España, por ejemplo, se han dado pasos importantísimos. En la misma Ley de Igualdad vienen incorporados muchos. Tenemos que pensar en los permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles o en la regulación del teletrabajo. Se requieren determinadas reglas y medidas para la conciliación. No puede ser que estemos disponibles 24 horas y siete días a la semana. El teletrabajo necesita de una regulación poniendo los cuidados en el centro. Las mujeres y los hombres que se dedican a tareas de cuidado tienen que tener apoyo público.

Un sector del movimiento feminista no está favor de los permisos iguales e intransferibles.

Es una medida muy simbólica. Me consta que todavía hay empresarios y empresarias que preguntan si tienes pareja o si tienes intención de tener hijos porque piensan que vas a dejar el puesto. Entiendo la preocupación de cierto sector del movimiento feminista, pero me parece que estamos ante el gran debate del momento: cómo visibilizar, reconocer y compartir los cuidados.

¿La igualdad real entre hombres y mujeres pasa por políticas públicas que subsanen las desigualdades históricas?

Es una de las consecuencias más evidentes del análisis que se ha hecho del 25º aniversario de la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing. Está demostrado que son necesarias las políticas públicas y las instituciones especializadas, que están desempeñando un papel muy importante a la hora de contribuir a leyes, políticas y programas para fomentar la igualdad de género. En el caso de España es muy importante que las políticas de igualdad tengan un espacio propio en el Consejo de Ministros. Hay que aprovechar este periodo tan complejo para repensar muchas cosas. Tenemos que hablar de transformación y no de recuperación. La aspiración no puede ser volver al punto de partida sino una nueva normalidad que nos lleve a sociedades y economías que sean más inclusivas y solidarias.

En el caso de España, ¿puede que el movimiento feminista haya estado en cierto letargo desde que, de alguna manera, se institucionalizó?

Las políticas feministas entraron en la agenda pública hace mucho. En España, con el Ministerio de Igualdad se incorporaron clarísimamente las peticiones del movimiento feminista a la política pública. No sé si hubo una relajación, yo creo que no. El movimiento no era tan masivo, pero las organizaciones de mujeres y las organizaciones feministas siempre estaban ahí reclamando, atentas a las políticas que se desarrollan en materia de igualdad, monitorizando, exigiendo sus demandas y necesidades.

¿Cómo recuerda el momento en el que le notificaron la creación del Ministerio? Fue una bomba.

No quiero verlo desde la perspectiva más personal. Prefiero pensar en lo que supuso el periodo. Fue una época de avances y grandes transformaciones. Nos tocó abrir camino para consolidar derechos de los que disfrutamos hoy. No solo la ley de interrupción voluntaria del embarazo, que se encontró con tantas resistencias en su tramitación. Destacaría la implementación de la Ley de Violencia de Género, con el correspondiente despliegue de todas sus medidas. Le dedicamos muchísimo tiempo y esfuerzo. Invertimos mucho en prevención, en promover el cambio cultural. Se generó mucho debate y se plantaron muchas semillas de los frutos que hoy se recogen. La Ley de Igualdad, la puesta en marcha del plan contra la trata de personas con fines de explotación sexual. Recuerdo también la crudeza del debate para la eliminación de los anuncios de prostitución de los periódicos. Fue una época de avances en materia de igualdad y de derechos civiles, que fueron reconocidos ya entonces a nivel internacional y siguen siendo muy reconocidos hoy.

La prostitución sigue siendo un tema central en la agenda feminista que, de alguna manera, nos divide. ¿Usted tiene clara su postura?

Cualquier política que se emprenda en este sentido debe pasar por proteger a las mujeres y apoyarlas en la generación de medios de vida y ayudas socioeconómicas.

Quizá usted sea una de las caras más visibles de aquella época, pero estaría acompañada…

Sí, por un equipo maravilloso. Todas trabajamos de manera muy intensa con el objetivo de mover la agenda de los derechos de las mujeres y con un nivel altísimo de compromiso, entrega y dedicación. Personas a las que admiro profundamente y a las que estaré siempre agradecida por su profesionalidad y altura de miras.

Fue uno de los Ministerios más vigilados.

La exposición pública es parte de la vida política. Lo que sucede con las mujeres es que esa exposición suele tener un contenido basado en los estereotipos de género. Un estudio de la Unión Interparlamentaria nos dice que el 81,8% de las mujeres parlamentarias en el mundo experimenta violencia psicológica; el 44,4% ha recibido amenazas de muerte, violaciones, palizas o secuestros durante su mandato. El 65% ha sido objeto de sexismo por sus colegas y el 25,5% experimenta violencia física en el parlamento. Un 46,7% teme por su seguridad y la de su familia. Algunos países han comenzado a legislar sobre la violencia política contra las mujeres. En España no se ha hablado aún de esto, lo que no significa que no exista violencia política contra las mujeres.

¿Temió en algún momento por su seguridad o por la de su familia?

No se trata de enfocarlo de una manera personal. Lo que estoy dando son datos a nivel internacional.

¿Hay otros factores que influyen en esa violencia? La raza o la edad, por ejemplo.

La política no solo ha sido por mucho tiempo un territorio dominado por hombres, sino que tampoco se ha caracterizado precisamente por la juventud de sus dirigentes. Afortunadamente eso va cambiando. A mí me alegra mucho ver que en la política española cada vez hay más diversidad en ese sentido, más combinación de experiencia con juventud, más puntos de vista que son tenidos en cuenta. Hoy creo que la política se parece más a la realidad. En mi época no había tanta gente joven en puestos de responsabilidad. Considero que la experiencia es muy importante, pero también la frescura y la valentía que aportan la juventud. Creo que conseguí muchas de las cosas que me propuse porque no sabía que eran imposibles.

¿Cree que merece la pena asumir una responsabilidad política de ese calado teniendo en cuenta las consecuencias? ¿Se arrepiente?

Hace 10 años que estoy fuera de la política. Creo que la dedicación a la política debe ser temporal porque requiere de mucha resiliencia, concentración y una entrega absoluta. La alternancia y la regeneración son necesarias y deseables. En absoluto me arrepiento y hago un balance positivo de aquellos años. Tengo vocación de servicio y me siento orgullosa de haber podido servir a mi país lo mejor que pude y supe. Sin nostalgias, pero también sin arrepentimientos.

Uno de los debates más actuales tiene que ver con el sujeto del feminismo y las leyes de identidad de género.

Lo he seguido desde la distancia. Solo puedo decir que me declaro feminista, que defiendo los derechos de las mujeres, que no son un colectivo, que son la mitad de la población y me declaro defensora de los derechos LGBTI. Esas dos agendas, en mi opinión, no pueden plantearse nunca como incompatibles o contrarias. Todo lo contrario. No se trata de unas contra otras sino de ir juntas, de la mano, contra un sistema patriarcal y machista, que ha demostrado que es claramente injusto e ineficiente.

Se declara feminista. ¿Sabe identificar qué fue lo que le hizo ‘click’?

Empiezas, quizá, por no entender por qué tienes que hacer determinadas tareas que no se les exigen a tus primos varones. A no entender por qué tienes que llegar a una hora y ellos pueden llegar una hora más tarde. Luego, de repente, ves un libro en la mesa de noche de tu tía y después escuchas a tu profesora de filosofía hablar por primera vez de feminismo… Una suma de acontecimientos que hacen que te des cuenta de que las cosas que suceden no son casualidad.

Pérez Reverte, la RAE, las miembras. ¿Qué fue aquello?

La verdad es que yo creo que es interesante cómo el lenguaje posibilita la visibilización de las realidades y el tiempo, desde luego, ha demostrado esa utilidad. Hay puntos de vista distintos, lógicamente, pero el desafío del movimiento por la igualdad de género merece también un desafío con el lenguaje. Es uno de los retos más difíciles porque forma parte de lo más simbólico. Lo que no se nombra no existe, pero son siempre debates difíciles. Creo que sin duda es un desafío para avanzar hacia la igualdad de género.