Opinión

Estrépito o democracia

Virginia Pérez Alonso Directora de Público

26 de octubre de 2020

Quienes vivimos (es un decir) en ciudades, cohabitamos con el ruido por encima de nuestras posibilidades. Nos impide descansar en condiciones, concentrarnos o simplemente pararnos a escuchar más allá del murmuro constante. El bullicio nos fuerza a oír algo a cada instante, pero nos dificulta cada vez más la escucha: es arduo apartar lo accesorio y prestar atención solo a lo que nos interesa; imposible escuchar, por ejemplo, el canto de un pájaro en medio del rugido de los coches, o simplemente el silencio. Tal vez por eso en los últimos años se haya extendido la confusión entre ambos términos, oír y escuchar, y cada vez más sean utilizados indistintamente; tal vez la escucha corra peligro de morir por desatención y ya solo nos quede el ruido.

Sin ponernos demasiado tremendistas, al trasladar este rumoroso panorama al horizonte informativo, el paisaje no solo no cambia, sino que se vuelve aún más estruendoso; y a este no escapa nadie, ni urbanitas ni rurales. Hay dos elementos esenciales a través de los cuales se ha articulado el bramido en el que estamos inmersos: las redes sociales y la ultraderecha, con la ayuda impagable de ciertos medios (más bien pseudomedios) de comunicación. Y la combinación de ambos ha resultado ser la madre de todos los estrépitos, con el consiguiente riesgo para la cualquier sociedad democrática y para las personas que la integran.

Cuando verdades inapelables y evidencias científicas son cuestionadas de manera sistemática, como sucede ahora, es inevitable caer en el descreimiento. En medio del estrépito lo natural es la huida, taparse los oídos, aunque en ese instante perdamos definitivamente la oportunidad de prestar atención a lo que nos interesa. Vivir en el ruido constituye una
agresión contra nuestra esencia misma: nos hurta el derecho a elegir lo que deseamos escuchar. Y nos transforma en una amalgama uniforme, en una masa de seres homogéneos, en la antítesis del ciudadano en su concepción más aristotélica, es decir, como sujeto participante del poder de decisión colectiva. Porque anula cualquier capacidad de decisión.

Bulos, mentiras, falsedades, manipulaciones han acabado por convertirse en el pan nuestro de cada día; nuestro como ciudadanos y nuestro también como periodistas. Tanto es así, que en medio de la formidable crisis estructural que vive la industria del periodismo desde hace ya casi una década y media, esta pandemia de desinformación nos ha transformado, además de en informadores y casi gerentes de nuestras empresas, en filtradores. Precisemos: nos ha transformado en filtradores a aquellos periodistas y medios que entendemos esta profesión como un servicio público y, por tanto, la intentamos ejercer con responsabilidad y honestidad. Nos convertimos en tamiz de los centenares de noticias, falsas y verdaderas, muchas de ellas irrelevantes, que pasan ante nuestros ojos cada día para contrastar, indagar y discernir qué es mentira o qué es importante, y poder así ofrecer a nuestros lectores una fotografía precisa de la realidad.

Y además trabajamos para entregar una información única, que permita a quienes nos leen comprender mejor esa realidad y disponer de una herramienta básica para manejarse en ella: el conocimiento crítico. Con esas premisas, hace ya unos años que Público puso negro sobre blanco su compromiso con la honestidad, la independencia y la calidad periodística en una suerte de contrato con nuestros lectores. Lo hicimos a través de un documento llamado Las 10 banderas de Público, en el que establecimos nuestros focos editoriales y las claves de nuestro compromiso. Ese documento arranca así: «Público es un medio comprometido con los más débiles; que denuncia injusticias y abusos con una finalidad constructiva y que entiende su función de servicio público como una aspiración a cambiar realidades injustas y desiguales para construir una sociedad mejor». Y, a partir de ahí, «busca la igualdad entre el hombre y la mujer, y por tanto, se declara abiertamente feminista», «vigila y recoge la vulneración de derechos fundamentales de las personas», «comprometido con la Memoria Histórica», «notario de las situaciones de emergencia social», «especialmente vigilante con políticos, partidos, instituciones y con los abusos de poder, así como con el destino que se da al dinero público», etc.

En este marco, hay algo que no nos cansamos de repetir: nos equivocamos, sí, pero no mentimos. Nuestras cartas están boca arriba para quien quiera leerlas. Claras y rotundas. Esto es lo que somos, esto es lo que hacemos. Y lo hacemos inmersos, como todas y todos, en el ruido que nos rodea, pero con humildad, consciencia y responsabilidad para intentar alzar, en medio del bullicio, una voz fiable, creíble, crítica, sólida –la suma de muchas otras, al fin y al cabo–, que sirva de referencia a quienes os asomáis a nuestras páginas y en la que podamos encontrarnos, una y otra vez, a través de la palabra.