Javier Baeza.- FERNANDO SANCHEZ

Javier Baeza: «Los curas no debemos oler a incienso sino a oveja»

Henrique Mariño

26 de octubre de 2020

Javier Baeza ejerce como sacerdote en el Centro Pastoral San Carlos Borromeo en Entrevías. Nació en Madrid en 1967. Su activismo y su lucha por la dignidad humana le han conllevado el sobrenombre de ‘cura rojo’ u ‘obrero’.

Abre la puerta de la parroquia de San Carlos Borromeo –trinchera de resistencia y refugio de almas desamparadas–, recibe un codo por saludo y ofrece un puño. Javier Baeza, el cura rojo de Vallecas, encadena desde hace décadas una crisis con otra: corrientes subterráneas de carencias ocultas bajo el colapso económico del 2008 o la pandemia del coronavirus. Porque, más allá de los focos de la prensa, en el sur de Madrid siempre ha habido necesidades.

Porque, más allá de los focos de la prensa, en el sur de Madrid siempre ha habido necesidades.

¿Dónde se ha metido dios?

Dios no se fue, por lo que no ha tenido que reaparecer. Sigue muy presente en la realidad de la gente que lucha, sea creyente o no. Ahí es donde lo encuentro.

Aquí mismo, en Vallecas.

Pese a la criminalización u ofensa a la pobreza por parte de la presidenta autonómica, Isabel Díaz Ayuso (PP), o de la vicealcaldesa madrileña, Begoña Villacís (Ciudadanos), Vallecas resiste. Mientras que en muchos barrios el tejido social se fue acomodando o desapareciendo, aquí sigue habiendo gente radical y luchadora, desde los Bukaneros del Rayo Vallecano hasta el Ateneo Libertario. La lucha cultural, social y sindical ha estado muy presente. Y el dios de Jesús está precisamente en esas luchas.

El dios de Jesús.

Claro, porque también está el dios de Israel, el dios del Ibex, el dios de Trump o el dios de Bolsonaro, quien debe tocarlo todas las mañanas para que diga estupideces. La realidad divina es como la humanidad misma.

¿Habría aprendido más en otro lugar?

A mí no me parieron aquí. Antes estuve once años en una parroquia conservadora de Vicálvaro, donde aprendí el respeto al otro. Sin embargo, al ser muy cultural, cuando mi compañero se iba de vacaciones en verano había sábados en los que debía oficiar ocho bodas. Mi hermana me escribía en un esparadrapo los nombres de todos los novios, porque la primera ceremonia de la mañana era encantadora, pero a las siete de la tarde –cuando ya estaba hasta el gorro– me confundía y mezclaba a los contrayentes [risas]. Una vez en San Carlos Borromeo he podido poner en práctica lo que yo entiendo por ser cura.

¿Por qué aquí y no en la Conferencia Episcopal?

Porque he tenido la suerte de llegar a un lugar donde había sacerdotes enraizados en el pueblo, como Enrique de Castro, Pepe Díaz y, antes, el padre Llanos y los jesuitas. En esta comunidad el cura es una pieza más de una maquinaria que no dirige el cura, ya que la asamblea es la que decide. Cuando propuse salir de Vicálvaro –tal y como estaba la Iglesia en aquel momento, con Rouco a la cabeza–, la alternativa era irme con mi madre o venirme aquí.

Aunque su lucha venía de antes.

Tuve la suerte de entrar en el seminario cuando aún se vivía en apartamentos. Como decían los del Opus Dei y los de Comunión y Liberación, «nos malformábamos en pisos», aunque para mí fue el toque de dios en mi vida. Yo residí con varios compañeros y un cura formador en Moratalaz, donde comenzamos a trabajar en la asociación Apoyo, cuando las correrías de la Policía y los chavales enganchados.

No hizo carrera…

Ni quise ni me habrían querido… Todas las instituciones funcionan igual. De hecho, el papa Francisco ha advertido del carrerismo dentro de la Iglesia.

En su día comentó que la elección de Bergoglio podría ser como «encender una cerilla en una cueva». ¿Se ha hecho la luz?

A lo mejor se ha pasado de la cerilla a la antorchita. Está revelando el problema de la institución, que tiene unas losas que trascienden a las personas. Sin embargo, se ha quedado corto en la incorporación de las mujeres –quienes deberían poder ordenarse– o en el reconocimiento a los curas casados, aunque el aparato eclesial es muy fuerte. Recientemente me ha rechinado su silencio tras la muerte en Brasil de Pedro Casaldáliga [teólogo de la liberación y defensor de los indígenas]. No obstante, ha sido un hombre que ha encarado el tema migratorio, calificando de «vergüenza» los naufragios en Lampedusa, frente al discurso internacional de rechazo al otro. Ha dado pasitos que se me antojan importantes, pero escasos. Quizás proyecte más luz hacia fuera, a nivel político y social, que hacia dentro de la Iglesia.

¿El auge de Vox es pasajero?

Me temo que no. Evidentemente, no es un constipado, aunque habrá que ver si se trata de una pandemia. Los discursos más radicales de Vox son responsabilidad de cierta izquierda moderada y silenciosa. En la Asamblea de Madrid, ¿dónde está el socialista Ángel Gabilondo? Desaparecido… Esa mudez hace que se crezcan. Vemos con dolor y con hastío cómo ese discurso de seguridad, nacionalismo e identidad llega a algunos sectores de trabajadores y precarios, no desde un convencimiento ideológico sino desde el desbaratamiento de sus propias vidas, porque se sienten abandonados.

Cuando los albergues no daban abasto en invierno, ha acogido en su parroquia a familias solicitantes de asilo con niños.

Ahí tienes los colchones… Es vergonzoso que la Iglesia no haya puesto sus enormes recursos al servicio de los empobrecidos: los migrantes, los desahuciados y, en su día, los enganchados a las drogas. El dios en el que creemos es el dios de los pobres, quien acampó entre nosotros porque no lo acogían en ningún lado. Tendremos que ir a esos lugares para encontrarlos, porque en la Almudena y en los Jerónimos veremos a pobres, pero no dentro de los templos, sino mendigando a sus puertas.

Usted mismo aloja a varios chavales en su casa desde hace años.

Cuando me ordené cura y me dieron una casa, empecé a vivir con chicos de la calle que se esforzaban en dejar las drogas. Desgraciadamente, tuve que enterrar a la mayoría. Ahora residen dos guineanos, un marroquí, un sirio y un maliense. Ellos vienen a buscarse la vida sanamente, pero hoy son los más desprotegidos. Las parroquias deben estar abiertas a los últimos y, como dijo el papa Francisco, los curas no debemos oler a incienso, sino a oveja.

¿Qué sería de Vallecas sin usted?

Sin mí sería el mismo barrio, porque lo importante no es el cura. En cambio, sin la asamblea de San Carlos Borromeo tendría menos referencias, como si le quitásemos el Rayo Vallecano, las marchas por la dignidad y las madres contra la droga o la represión. Vallecas conserva su identidad y es un espacio de militancia.

¿Qué debe hacer la Iglesia, con mayúscula, para acercarse a la sociedad?

Compartir la vida de los últimos y presentarse en la sociedad más como ovejas de escucha que como bocas pontificantes. La Iglesia sigue opinando demasiado y muy rápido antes de escuchar.

El coronavirus ha desplazado de la actualidad informativa otros graves problemas, al tiempo que los ha agravado.

Claro. De la misma manera que si Messi se va del Barça, esa noticia desplaza al coronavirus. Vivimos en una sociedad muy efectista, que necesita continuamente novedades que nos sorprendan. Me llama la atención que se ponga en foco en las cifras de contagios en algunos barrios y, al mismo tiempo, la poca capacidad de muchos para hacerse algunas preguntas. Por ejemplo, ¿cuántos médicos de atención primaria, rastreadores o profesores se han contratado para afrontar la pandemia? Como decía el filósofo Zygmunt Bauman, en esta sociedad líquida necesitamos estar continuamente sorprendidos. Y los medios, equivocadamente, entran en ese juego.

Esos medios reflejan las ocupaciones de viviendas, aunque en su inmensa mayoría no sean propiedad de particulares, sino de bancos, fondos de inversión o constructoras quebradas.

Eso denota la ideología efectista de Vox, PP y Cs para amedrentar a la gente más sencilla y oculta los intereses de las empresas de seguridad, cuando los propios jueces lo han desmentido. Sin embargo, esos discursos políticos buscan amedrentar a los ciudadanos para que no se pregunten por qué no se ha condenado a la excaldesa madrileña Ana Botella por vender vivienda pública a un fondo buitre, o por qué no vuelve a haber una oferta de pisos protegidos. En vez de respuestas, nos encontramos con mensajes de intoxicación.

Y, al mismo tiempo, se están tapando los desahucios y criminalizando a los desfavorecidos.

Claro. La aporofobia, acuñada por la filósofa Adela Cortina, es un término lúcido y acertado, pues el rechazo al pobre resulta evidente. No solo lo vemos en discursos políticos, sino también en resoluciones judiciales. Hay una presunción de culpabilidad dependiendo de tu clase social.

Usted es testigo de que el coronavirus ha intensificado las desigualdades.

Sin embargo, ha revelado la genialidad y la generosidad de la ciudadanía frente a la hipocresía y la mediocridad de la clase política. Las redes y bancos de alimentos florecieron, aunque muchas familias no pueden comprarles a sus hijos material escolar, porque se quedaron sin trabajo y sus ahorrillos se han ido al garete. Tras la pandemia sanitaria veremos la pandemia socioeconómica, si bien ya estamos atendiendo a vecinos que todavía esperan la ayuda de los servicios sociales.

La burocracia para obtener el Ingreso Mínimo Vital también está causando dramas en numerosos hogares.

Fue un avance importante, pero ha sido elaborado de una manera tan enrevesada que mucha gente no puede acceder a la prestación, porque hay quien no tiene acceso a las nuevas tecnologías para tramitarlo, al igual que sucede con la educación online. Una vez más, a los pobres se les está utilizando de manera partidista, cuando no se puede jugar con la vida de nadie. Por ejemplo, la Renta Mínima de Inserción (RMI) de la Comunidad de Madrid debería ser complementaria al Ingreso Mínimo Vital, pero como fue diseñado por un Gobierno supuestamente de izquierdas, el ala rancia del PP ha actuado como en la mili: “Para joder al capitán, no como rancho”.

¿Se ha sentido frustrado con las políticas de la coalición de Gobierno?

El PSOE se ha comido a Unidos Podemos, de modo que la balanza de la política económica y fiscal se ha inclinado hacia las posturas socialistas. Con todo mi dolor, en política migratoria no ha cambiado nada, porque continúan mandando el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y la Policía. No se trabaja desde la inclusión social y, en cuanto a la distribución de los recursos, seguimos igual de mal.

¿Y la gestión de Carmena?

Eran nuevos y podían haber hecho mucho más. Manuela no venía de la calle ni fue elegida por una asamblea de vecinos, pero su genialidad individual no fue acompañada por todo su equipo y faltó una política más colectiva. Hubo demasiado miedo a dar pasos que hubiesen abierto puertas. Al final, las instituciones –el Ayuntamiento, el Estado y la propia Iglesia– cargan con mochilas y tienen más fuerza que las personas.

¿Ha sido el coronavirus la excusa perfecta para no llevar a cabo ciertas medidas?

Por acción o por convicción, está siendo la excusa en diversos ámbitos, aunque los servicios sociales ya estaban colapsados anteriormente.

Usted siempre ha sido testigo de la crisis.

El coronavirus no ha traído la crisis, sino que nos ha revelado de una manera más palpable que la estructura política y económica no evita que la gente se quede en la estacada.

¿Ha tenido alguna crisis de fe?

No. Yo soy discípulo de Job, quien se cabrea con Yavé por haberlo dejado en la estacada. He vivido épocas muy dolorosas, porque el sida se llevó a muchos por delante. A veces me he preguntado: “En medio de este desastre, ¿dónde coño estás?”. Pero más que una crisis de fe es una crisis de humanidad, debido a la incapacidad de empatizar de algunas personas. Ahora bien, las dificultades no pueden ser la causa de nuestras crisis de fe, porque nosotros creemos en un crucificado, no para adorarle sino para que precisamente no haya más crucificados. Las crisis de fe se producen cuando uno se aparta del dios de Jesús, se aburguesa y le da más importancia a la institución clerical.

¿En qué cree por encima de dios?

Por encima de dios, en nada. Junto a dios, en las personas. Me he encontrado con gente muy rota que, gracias al esfuerzo de quien la acompañó, ha tirado para adelante. Nuestra fe no es etérea –o sea, en un dios que no vemos ni conocemos–, por eso celebramos la misa también con ateos, porque no nos vincula.